Compartimos aquí esta preciosa Reflexión que nos llega de Cristianisme i Justicia (Barcelona- España) en el Suplemento del Cuaderno CJ n. 244: Puedes descargarlo completo acá.
También les compartimos este precioso Video- resumen de PASTORAL VILLERA:
Manifiesto zahorí, o el arte de descubrir pozos de agua viva.
Hay personas, los zahoríes, que son capaces de localizar corrientes y pozos de agua subterránea. Lo hacen valiéndose de su cuerpo y de instrumentos rudimentarios como varas de madera, péndulos o varillas que, al moverse de una determinada manera, indican dónde hay agua, a qué profundidad está y si es mucha o poca. Los escépticos califican esta actividad de pseudocientífica, pero eso no impide que se siga practicando. Nosotros no entraremos a debatir la cientificidad de la práctica; simplemente, la tomaremos como metáfora para leer nuestros tiempos.
«Un río de miseria…»
Terminamos un año, el 2025, y nos resulta difícil valorar si ha sido mejor o peor que los anteriores. Probablemente, si no ahondamos demasiado, lo primero que diríamos es que ha sido peor, pues esta es la sensación que predomina. Además, hay indicios objetivos para estar preocupados, y el 2025 no ha hecho sino añadir elementos a una tendencia que desconocemos hacia dónde nos conduce. Los consensos en torno a cuestiones básicas para la supervivencia de la humanidad, que ya eran frágiles de partida, parecen haberse roto; los pocos avances en materia de reducción de emisiones para frenar el cambio climático están siendo revisados por parte de un creciente negacionismo que la última COP30 de Brasil no ha podido contrarrestar; los tratados vigentes en relación al uso de determinadas armas o la reducción de arsenales han quedado obsoletos ante la creciente exigencia de incrementar el gasto militar. A su vez, consensos en torno a las condenas de los genocidios se ponen también en duda o se matizan, mientras miles y miles de personas mueren en Gaza, Sudán, Nigeria, Mali…, ante la total pasividad de la comunidad internacional.
Aquellos organismos que hace unos años apostaban por una gobernanza mundial y multilateral hoy han quedado desacreditados; de hecho, la misma democracia está siendo cuestionada y no son pocos los que, en diversos lugares del mundo, abrazan opciones autoritarias. Los consensos sobre derechos fundamentales, como el derecho al refugio, ya no se celebran, sino que se subordinan a políticas abiertamente racistas y xenófobas… Y podríamos seguir con un largo etcétera.
Seguramente, el despliegue de las políticas del segundo mandato de Trump es el síntoma más evidente de un malestar profundo que alcanza al mundo de una manera transversal y, en especial, nuestra sociedad europea y occidental.
Pese a todo, es importante reconocer que la lectura que llevamos a cabo de los años que pasan también tiene una dimensión personal: quizás este año hemos perdido algún ser querido, o hemos experimentado cambios importantes de salud, o nos ha nacido un nieto o un hijo; algunos habrán empezado una carrera, otros la habrán terminado; habrá quien haya cambiado de trabajo y algún otro que lo haya perdido. Esta perspectiva personal es la que, de hecho, nos enraíza con la realidad. Cada vida es importante y cada vida cuenta, lo cual, a veces, parece que olvidamos a favor de un estado de ánimo colectivo interesadamente inducido.
Hace unos años, agrupando ambas perspectivas, el papa Francisco alertaba en una homilía de un «río de miseria alimentado por el pecado y en crecimiento», al cual oponía «un océano de misericordia que inunda nuestro mundo». Con todo, este océano a veces apenas podemos avistarlo –ni siquiera intuimos el mar ni un pequeño lago–, y es por eso
por lo que necesitamos a los zahoríes.



